El maestro no es el problema
> Cada vez que hablamos de educación en México nos atoramos en lo mismo: pública contra privada. Casi siempre es la pregunta equivocada, y el maestro de base es el primero en pagarlo.
Cada vez que se habla de educación en México, la conversación se atora en el mismo lugar: escuela pública contra escuela privada. Y casi siempre es la pregunta equivocada.
He conocido maestros de escuela pública con la misma preparación que cualquiera de la privada. Algunos, de hecho, dan clase en los dos sistemas el mismo día: en la mañana en una, en la tarde en la otra, el mismo cuaderno, la misma persona. Lo que cambia no es quién está parado frente al pizarrón. Lo que cambia son las condiciones: la infraestructura, los recursos, el tamaño del grupo, el apoyo administrativo, la seguridad, la distancia que hay que recorrer para llegar, el entorno del que vienen los estudiantes.
No es lo mismo dar clase en una escuela urbana equipada que en una comunidad rural donde falta hasta el gis. Y a esa diferencia la seguimos llamando "calidad del maestro", cuando casi nunca tiene que ver con el maestro.
El problema es estructural
Muchos docentes terminan atrapados en dinámicas que poco tienen que ver con enseñar: marchas, plantones, movilizaciones, trámites, disputas internas de poder. No todos participan por convicción; a veces existen presiones para alinearse con un grupo u otro. Pero el resultado es el mismo. Cuando la energía del sistema se concentra en la pelea política, lo primero que se queda sin atención es lo único que de verdad importaba: enseñar.
Al maestro la corrupción le cobra primero
El discurso fácil pinta al maestro como el beneficiado del sistema. La verdad que he visto de cerca es otra. El maestro de base muchas veces es el primero al que el sistema le cobra la cuenta: malas condiciones laborales, lejos de su familia, pocas oportunidades de crecer, obligado a obedecer estructuras jerárquicas que no lo representan, cargando decisiones que tomaron dirigentes que llevan años sin pisar un aula.
Por eso me cuesta cuando se habla de "los maestros" como si fueran un solo bloque. Una cosa es quién está frente al grupo a las siete de la mañana. Otra, muy distinta, quienes controlan las estructuras desde arriba.
Donde sí hay una diferencia
Hay un punto donde la brecha entre pública y privada sí existe, y conviene nombrarlo sin rodeos: en lo que cada escuela alcanza a ofrecer alrededor de la clase. Idiomas, tecnología, artes, deportes, educación financiera, programas internacionales. No porque ahí enseñen mejor matemáticas o español, sino porque tienen con qué ampliar la mesa. No es virtud, es presupuesto.
El modelo se quedó en otra época
Y por debajo de todo hay algo más viejo. Buena parte del sistema sigue diseñado para un mundo que ya no existe: horarios rígidos, memorización, obediencia, estandarización, evaluaciones idénticas para realidades que no se parecen en nada. Mientras tanto, al que sale del aula la vida le pide otra cosa: pensar, resolver problemas, comunicarse, adaptarse, trabajar con otros. La pregunta dejó de ser "qué sabe el estudiante" para volverse "qué es capaz de hacer con lo que sabe". El sistema todavía no se entera.
Lo de fondo
La escuela privada suele tener más con qué; muchas públicas operan amarradas por limitaciones estructurales y burocráticas que nadie en el salón eligió. Pero el problema de fondo no es el maestro ni el alumno. Es un sistema que durante décadas dejó que los intereses políticos, sindicales y burocráticos pesaran más que el salón de clases. Mientras eso no cambie, vamos a seguir discutiendo pública contra privada, en lugar de discutir lo único que de verdad importa: cómo mejorar la educación para todos.